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sábado, 17 de agosto de 2013

Conflicto: ¿bueno, malo, deseable?

¿Cómo vamos a aprender de nuestras equivocaciones si no admitimos nunca, o rara vez, que nos hemos equivocado? Eduard Punset.
Hay personas que viven en un eterno conflicto, como si no supieran hacerlo de otra manera. Hay otras que sistemáticamente huyen al conflicto convencidas de que es siempre malo y debe evadirse a toda costa. Hay quienes creemos que el conflicto, si bien pudiera prevenirse, a veces es inevitable e incluso deseable, siempre que se observe como un síntoma que avisa la necesidad de cambio y por tanto se utilice como oportunidad para reparar y renovar las relaciones.


Cuando mis necesidades se encuentran con las del otro, puede surgir el conflicto como señal para registrar la importancia de hacer autocrítica, de escuchar las demandas de los demás que quizás hemos desoído por distracción, por  falta de empatía o por vivir desconectados. Pero también cuando mis necesidades se encuentran con las del otro, puede surgir el conflicto como la campanada que despierta el valor de expresar nuestras necesidades y deseos para exigir asertivamente respeto a nuestra integridad.

En un territorio emocional, político, social, donde sólo hay cabida para el deseo de una persona o de una de las partes, hay violencia. Cuando ingresamos en la trinchera del “yo tengo la razón”,  cuando el dominador sobre el dominado, el superior sobre el inferior, desplaza la posibilidad de horizontalidad y de relaciones entre iguales, cerramos los canales de escucha y de reconocimiento de las necesidades o deseos del otro. Llegado a este punto, el conflicto pierde su potencial de oportunidad regeneradora para degenerar en una interminable cadena de dominación, abusos, imposiciones, violencia y destrucción.


Es imposible pretender vivir una vida libre de conflictos, pero podemos actuar con madurez, empatía y capacitarnos para resolverlos a través de los espacios de diálogo, reflexión, acuerdos, negociación, es decir, de un modo horizontal, respetuoso, cívico a fin de alcanzar una salida digna y favorable para todas las partes. Con lo cual hay que estar dispuestos, de lado y lado, a dar cabida al deseo de los demás. Necesitamos abandonar el esquema superior-inferior, dominador-dominado en el que hemos aprendido a organizarnos y abrirnos hacia nuevas formas más horizontales y cooperativas de vincularnos.

Comencemos a partir del vínculo con los hijos. Cuando sentimos que la relación con los hijos se convierte en un conflicto constante, es hora de plantearnos que los seres humanos, incluidos los niños y adolescentes, no respondemos ni con gusto, ni con placer a la coerción ni a la fuerza. En cambio el diálogo, los acuerdos y la negociación promueven la buena disposición y la cooperación porque “el otro” se siente tomado en cuenta. Con la negociación tratamos de alcanzar el consenso o aceptación de todas las partes. Esto puede convertirse en una tarea difícil, pero los resultados serán sostenibles y confiables. Encontrar soluciones con las que todos quedemos satisfechos fortalece el compromiso de cumplir los acuerdos. Con la imposición, sólo logramos obediencia a través del miedo, mas no por convicción. Con la negociación y el diálogo crece la oportunidad de construir en nuestros hijos el deseo genuino y sostenible de cooperar. La imposición es un recurso autoritario de educación y liderazgo. Cuando nos imponen o imponemos, se obedece por miedo y sumisión. Miedo y sumisión que deviene –más temprano que tarde- en odio, resentimiento, rebeldía y rechazo. La negociación y el diálogo, en cambio,  son recursos empáticos, democráticos, respetuosos capaces de construir familias y sociedades erigidas sobre la civilidad,  la calidad de vida y la cultura de paz.
Twitter. @conocemimundo

miércoles, 17 de julio de 2013

Conflicto: ¿bueno, malo, deseable?

¿Cómo vamos a aprender de nuestras equivocaciones si no admitimos nunca, o rara vez, que nos hemos equivocado? Eduard Punset.
Hay personas que viven en un eterno conflicto, como si no supieran hacerlo de otra manera. Hay otras que sistemáticamente huyen al conflicto convencidas de que es siempre malo y debe evadirse a toda costa. Hay quienes creemos que el conflicto, si bien pudiera prevenirse, a veces es inevitable e incluso deseable, siempre que se observe como un síntoma que avisa la necesidad de cambio y por tanto se utilice como oportunidad para reparar y renovar las relaciones.


Cuando mis necesidades se encuentran con las del otro, puede surgir el conflicto como señal para registrar la importancia de hacer autocrítica, de escuchar las demandas de los demás que quizás hemos desoído por distracción, por  falta de empatía o por vivir desconectados. Pero también cuando mis necesidades se encuentran con las del otro, puede surgir el conflicto como la campanada que despierta el valor de expresar nuestras necesidades y deseos para exigir asertivamente respeto a nuestra integridad.

En un territorio emocional, político, social, donde sólo hay cabida para el deseo de una persona o de una de las partes, hay violencia. Cuando ingresamos en la trinchera del “yo tengo la razón”,  cuando el dominador sobre el dominado, el superior sobre el inferior, desplaza la posibilidad de horizontalidad y de relaciones entre iguales, cerramos los canales de escucha y de reconocimiento de las necesidades o deseos del otro. Llegado a este punto, el conflicto pierde su potencial de oportunidad regeneradora para degenerar en una interminable cadena de dominación, abusos, imposiciones, violencia y destrucción.


Es imposible pretender vivir una vida libre de conflictos, pero podemos actuar con madurez, empatía y capacitarnos para resolverlos a través de los espacios de diálogo, reflexión, acuerdos, negociación, es decir, de un modo horizontal, respetuoso, cívico a fin de alcanzar una salida digna y favorable para todas las partes. Con lo cual hay que estar dispuestos, de lado y lado, a dar cabida al deseo de los demás. Necesitamos abandonar el esquema superior-inferior, dominador-dominado en el que hemos aprendido a organizarnos y abrirnos hacia nuevas formas más horizontales y cooperativas de vincularnos.

Comencemos a partir del vínculo con los hijos. Cuando sentimos que la relación con los hijos se convierte en un conflicto constante, es hora de plantearnos que los seres humanos, incluidos los niños y adolescentes, no respondemos ni con gusto, ni con placer a la coerción ni a la fuerza. En cambio el diálogo, los acuerdos y la negociación promueven la buena disposición y la cooperación porque “el otro” se siente tomado en cuenta. Con la negociación tratamos de alcanzar el consenso o aceptación de todas las partes. Esto puede convertirse en una tarea difícil, pero los resultados serán sostenibles y confiables. Encontrar soluciones con las que todos quedemos satisfechos fortalece el compromiso de cumplir los acuerdos. Con la imposición, sólo logramos obediencia a través del miedo, mas no por convicción. Con la negociación y el diálogo crece la oportunidad de construir en nuestros hijos el deseo genuino y sostenible de cooperar. La imposición es un recurso autoritario de educación y liderazgo. Cuando nos imponen o imponemos, se obedece por miedo y sumisión. Miedo y sumisión que deviene –más temprano que tarde- en odio, resentimiento, rebeldía y rechazo. La negociación y el diálogo, en cambio,  son recursos empáticos, democráticos, respetuosos capaces de construir familias y sociedades erigidas sobre la civilidad,  la calidad de vida y la cultura de paz.

jueves, 7 de febrero de 2013

Sobre el peliagudo tema de los límites y la disciplina




Por un lado, observo  a padres y adultos que atribuyen a la carencia de límites y disciplina, todo desequilibrio o desajuste en el comportamiento o el vínculo con los niños, con lo cual manifiestan la demanda voraz de imponerlos en la crianza, la mayoría de las veces de forma arbitraria y violenta. Del otro lado observo a padres y adultos a la defensiva con reacciones casi alérgicas frente a la palabra disciplina o límites. En ambos casos,  aunque ubicados desde extremos contrarios, nos encontramos frente a la discapacidad para registrar que educar en la comprensión y respeto de límites y disciplina no equivale necesariamente al uso de violencia.  Evidentemente se trata de una situación de desequilibrio que, como siempre, termina por afectar a nuestros peques.

Dice la autora y terapeuta Laura Gutman que en un territorio emocional, donde únicamente hay espacio para el deseo de uno, hay violencia. Esto por supuesto no aplica para un bebé o niño pequeño –carente de autonomía,  absolutamente vulnerable y dependiente de nuestros cuidados- a quien hay que satisfacer en continuum, de inmediato y sin demoras. Sin embargo, es deseable que el altruismo, la empatía, la cooperación y la reciprocidad comiencen a florecer progresiva y sensatamente en la medida en que el niño adquiere nociones de otredad, es decir, cuando deja de percibirse como un ser único y fusionado con la madre, y logra  reconocerse como un ser distinto capaz de darse cuenta de que hay “un yo y un tú”.
A determinada edad cuando el niño adquiere suficiente autonomía y habilidades tales como expresarse a través del lenguaje, socializar, comprender límites razonables y mantener algunas reglas, considero importante que le apoyemos a fortalecer sus habilidades y adquirir herramientas fundamentales para la convivencia. Nuestra obligación como padres también supone hacerles ver que la libertad de dar rienda suelta en determinados momentos a determinados impulsos o deseos propios, básicamente se termina cuando dañamos a los demás o donde ponemos en riesgo la propia integridad. Esto es lo que yo entiendo como la capacidad de registrar y de respetar los límites connaturales de la vida y de la convivencia. Por lo tanto no se trata de “ponerle límites” a los hijos, sino de ayudarles a reconocerlos y a comprender la importancia de respetarlos. Siempre, claro está, de un modo sensato, adecuado a su capacidad de comprensión y sin violentar el momento madurativo del niño  ni su integridad como persona.
Es importante poner en la balanza el hecho de que los seres humanos no somos puro instinto como el resto de los animales. También hacemos parte de una cultura. Es verdad que en gran medida nos regulamos con el instinto, y es deseable hacerlo, porque respondemos así a lo que dicta sabiamente nuestro diseño evolutivo.  Pero no todo lo que pertenece al instinto resulta necesariamente constructivo en cualquier circunstancia. Es difícil concebir un mundo humanizado cuando agredimos a otros toda vez que nos sentimos amenazados o porque nos parezcan raros o diferentes,  o si orináramos y defecáramos en medio de la calle o en pleno comedor porque sentimos ganas, o cuando tomamos cualquier cosa que deseemos sin la autorización de los propietarios, etc., con el argumento de que lo natural es obedecer nuestros instintos. Y es que las personas, además de desear y necesitar, también somos capaces de razonar, evaluar cuando un  deseo o un impulso es capaz de dañarnos o de dañar a los demás. Por lo tanto estamos en condiciones de regular los propios impulsos a través de la razón. Disponemos del libre albedrío, cualidad que nos define como seres civilizados y de la cual se deriva la ética. 
La psicóloga y directora de “Aula en Familia”,  Violeta Alcocer afirma con lucidez en el post “Los límites Coordenadas Fundamentales” de su blog Atraviesa El Espejo (palabras más palabras menos) que cuando los niños desean, frecuentemente lo hacen pura y desmedidamente y que por tanto la distancia entre los deseos de un niño y la realidad, suele ser grande  (agarrar o desarmar con ávida curiosidad los dispositivos electrónicos  en una tienda de computadoras, subirse a las mesas  de los restaurantes, irse solos al medio de la calle…) A menudo esta distancia puede resolverse con diálogo, con explicaciones, con negociaciones o quizás ofreciendo otras opciones al pequeño. Si es un comportamiento producto de una necesidad legítima no atendida, (hambre, cansancio, mirada y vínculo afectivo) o si se trata de un comportamiento violento por heridas emocionales no sanadas, (celos hacia el nuevo hermanito, experiencias de abandono, desamparo o  maltrato) debería desaparecer una vez que la causa es detectada y atendida. Pero también hay momentos en los que debemos comunicar y demostrar lo que esperamos de nuestro pequeño o pequeña, de un modo claro, firme y al mismo tiempo amable.  Por ejemplo, si después de haber empleado todos los recursos, explicaciones, indagaciones, acuerdos, etc.,  el niño aún se empeña en ir solo hasta el medio de la calle, entonces lo tomamos firmemente de la mano o lo cargamos y le decimos que no.  Sin regañar, sin castigar, sin rogar, ni suplicar. Simplemente actuamos con firmeza pero sin ser violentos. Lo mismo si el pequeño golpea o hace daño a otras personas, adultos o niños. Sencillamente no lo permitimos. En casos así, podemos contenerlo físicamente con nuestro cuerpo hasta que se calme. Cuando sistemáticamente, toda vez que entramos a una tienda, nuestro niño comienza a echar mano,  desordenar y tirar lo que encuentra por delante o atropellar a los demás, sencillamente no lo dejamos. Sin amenazar y sin gritar. No lo permitimos y punto, al igual que no le permitiríamos tomarse una botella de detergente aunque se empeñe en hacerlo.  
Hay reglas y límites con los que podemos ser flexibles. Por ejemplo, un día podemos irnos a la cama sin bañarnos o cepillarnos los dientes y no pasa nada. Hay otros que no se negocian, como agredir a las personas, o permitir al niño que se tome la botella de cloro porque se empeñó. Pero en ningún caso necesitamos castigar, ni pegar, ni gritar a los niños para ayudarlos a tomar conciencia sobre los dichosos límites. Tampoco existen fórmulas, ni recetas, ni un listado estandarizado de límites  en cuyo marco educar a los pequeños. Cada familia constituye una identidad particular con sus propias costumbres y cultura de lo cual se desprende un conjunto de valores y reglas de convivencia. En todo caso lo que queremos lograr es que el niño desarrolle el genuino deseo de cooperar sin la amenaza de castigos o  estímulos como premios o recompensas. Es decir, que nuestro hijo o hija consiga auto-regularse, que no dependa de la vigilancia constante a sus espaldas. Que se convierta en guardián de sí mismo, que oriente su vida a partir de la ética y de los valores que ha decidido conscientemente incorporar en su bagaje intelectual y emocional. Es así como se forman personas que estudian no para obtener notas sino par aprender, que trabajan no sólo por dinero sino por el placer de realizar una tarea gratificante o para contribuir con el bien colectivo, personas que con o sin policías y amenazas de multas, respetan la luz roja del semáforo o se abstienen de poner música a todo volumen porque entienden que su derecho a escuchar la música que les gusta,  se termina donde comienza el derecho de los demás a una vida libre de contaminación sónica... Es así como se forman seres humanos capacitados para darse cuenta de que integran un sistema en el que cada individuo constituye una unidad estrechamente vinculada al resto de los componentes (desde el más próximo al más lejano) de este vasto entramado que constituye una familia, un país, un planeta y que cada uno de nuestros actos afecta al conjunto y también se revierte hacia nosotros.
Otro aspecto a destacar sobre este peliagudo y empastelado tema, es la capacidad  para comunicar apropiadamente lo que esperamos del otro. Así como los padres estamos dispuestos incondicionalmente a respetar a nuestros hijos, a acompañarlos y adaptarnos a sus necesidades, llegado un momento de su desarrollo  evolutivo, es deseable mostrarles que, en ocasiones, los demás también necesitan y esperan ser acompañados y complacidos.  Por ejemplo, si el niño está aburrido y quiere jugar con nosotros, podemos dejar nuestra tarea para ir a jugar con él, explicándole que luego de un tiempo debemos regresar a la tarea pendiente y que esperamos que nos permita realizarla, transando así, por “un ratito tú y otro ratito yo”.
El problema surge cuando los adultos no sabemos reconocer, nombrar, por tanto explicar y pedir asertivamente a nuestros hijos, lo que necesitamos de ellos. Tal vez porque nadie nos permitió reconocer y pedir de un modo transparente lo que necesitamos durante nuestra propia infancia plagada de tratos autoritarios, exigencias desmedidas y descalificaciones constantes hacia nuestras necesidades legítimas.  Así las cosas,  los elementos quedan servidos para que  padres y madres, incluidos los que decidimos apostar por la crianza respetuosa  o  intentamos practicarla,  seamos susceptibles de atravesar los linderos hacia el tan denigrado  “exceso de permisividad”.  Me refiero a los casos de niños que se violentan, patean, gritan y golpean a sus padres o a otros si no se les complace de inmediato, en todo momento y sin tregua. Niños que sistemáticamente desconocen y se niegan a dar cabida al deseo de otros.  Niños que luego llamamos tiranos.
Pero la responsabilidad es de nosotros los adultos que al no saber cómo pedir lo que esperamos, impedimos que el niño reconozca e interiorice los límites razonables así como su propia capacidad de cooperación, altruismo y reciprocidad. Según mi criterio, esto resulta nefasto para nuestro hijo a quien le saboteamos las habilidades para negociar, acordar y fluir en el entorno compartido con otros.  Aclaremos que no hablo de adaptar a los niños  a un orden social injusto con demandas desmedidas, pero tampoco se trata de saltar hacia el extremo de “desadaptarlos” del mundo donde necesariamente tienen que desarrollar habilidades de convivencia. Se trata de apostar por el equilibrio entre dar y recibir, ser flexibles y ser firmes.  Como los equilibristas quienes oscilan a ratos hacia la derecha y luego hacia la izquierda, para sortear la gravedad y mantenerse caminando.
Comunicar al niño lo que sentimos sin menoscabar a la persona (“me canso mucho cuando tengo que recoger todo el desorden en la sala” en lugar de “eres un desordenado”), enseñarles a reconocer nuestras necesidades y lo que esperamos de ellos (hemos jugado juntos toda la tarde, ahora mamá necesita concentrarse en hacer un informe de trabajo, luego podemos seguir jugando), impedir que dañe a otros o que irrespete el derecho de otros (no pegamos a los demás ni tomamos sus pertenencias sin permiso), y si es necesario hacerlo con firmeza pero al mismo tiempo con amabilidad, también constituye una faceta indispensable de la crianza  respetuosa.  
Aquí aprovecho para insistir en que actuar con firmeza cuando es necesario, no significa usar la violencia. Aunque nadie nos enseñó cómo hacerlo,  a pesar de que no tengamos referentes, podemos aprender a ser firmes y al mismo tiempo amables. Tal vez para comprenderlo y llevarlo a la práctica de un modo equilibrado, genuino y sostenible, necesitemos primero revisar nuestras propias historias infantiles afectadas por los estragos de la crianza coercitiva, que ahora desde el rol de padres, reeditamos inconscientemente situándonos en los extremos de la culpa, el miedo y la sumisión o del autoritarismo, la ira y la imposición. Organizados así, indefectiblemente habrá caldo de cultivo para que surja un abusador y un abusado.  Y esto no es lo que queremos para nuestros hijos.

Enlaces relacionados

El conductismo fashion  
Los límites, coordenadas fundamentales, por Violeta Alcocer 
Puntos, estrellitas y caritas sonrientes, por Violeta alcocer
El castigo como perpetuador de un modelo social, por violeta Alcocer 
Poner límites o informar de los límites, por Casilda Rodrigáñez 
Infancia, educación emocional y límites, vía mentelibre.com 

Twitter. @conocemimundo

martes, 4 de agosto de 2009

La indignación y frustración del venezolano

Cada día, y especialmente en estos, se acentúa un sentimiento general de indignación y frustración en nuestro país lo cual se agrava por la falta de liderazgo con capacidad de convocatoria que canalice acciones colectivas de modo que constituyan un contrapeso importante para la transformación del caos que ha provocado y provoca tales sentimientos. Quizás los líderes en potencia pululan por ahí pero, sordos, ciegos e inconscientes, no les damos el reconocimiento y por lo tanto el poder que necesitan para saltar a la palestra.

Tal vez la indignación y la frustración rebasan la capacidad de dar respuestas y soluciones porque no estamos listos aún para darnos cuenta de la verdadera causa que origina este estado general de insatisfacción, perdidos como andamos en la tarea de buscar responsables fuera de nosotros mismos y de nuestro ámbito inmediato, que a fin de cuentas, es el único que podemos modificar.

El desafío es entonces encontrar las causas que dependen de nosotros como individuos, miembros de una familia, de una empresa o una comunidad donde sí que tenemos el poder para ejecutar la transformación efectiva. La demanda es de autocrítica individual, de evolución personal de conciencia, de educarnos para escuchar, ver y reconocer las necesidades colectivas, de aprender a identificar cuándo y de qué modo dañamos a otros y sensibilizarnos en la necesidad de evitar ese daño, para incorporar en nosotros los valores ciudadanos, los valores de respeto, de ética para la convivencia y por lo tanto prepararnos para reconocer a los líderes capaces de orientarnos hacia esa meta.

Si no somos capaces de comenzar por ponernos de acuerdo dentro de nuestros núcleos familiares a través de formas respetuosas y democráticas porque la vía más fácil, conocida y expedita es la del autoritarismo. Si nos negamos a negociar la necesidad de autosatisfacción inmediata tomando en cuenta el interés y las necesidades del sistema familiar y sus miembros. Si no tenemos la iniciativa de cooperar con las tareas y responsabilidades del hogar, si no ponemos todos y cada uno de nuestra parte en lugar de dejar el mayor peso sobre un solo par de hombros. Si no podemos darnos cuenta cuando actuamos desde el sentido de uso y no de pertenencia dentro de nuestro ámbito más sagrado e importante como lo es el hogar (entro y salgo cuando quiero, consumo, produzco basura, ensucio, uso los servicios pero que otro se encargue de limpiar, pagar y mantener o sino de resolver quien lo haga, mientras no doy nada o doy lo menos posible en términos de tiempo, de esfuerzo, de cooperación y dinero para participar de las responsabilidades del hogar).

Si nadie nos inculcó la noción o simplemente no nos da la gana de tener la madurez de esperar a que los otros salgan primero del ascensor, del autobús o del vagón del metro para hacer más fácil y menos atropellada la entrada. Si no podemos esperar a que el semáforo se ponga en verde para pasar, o ser amables y ceder el paso a otro carro en el tráfico atascado, o respetar la cola en el banco. Si robamos “tonterías” en las tiendas. Si usamos el hombrillo como canal rápido de la autopista. Si echamos el papel, el vaso, la lata de cerveza por la ventanilla del carro o en la acera de la calle o el piso del hospital, la plaza, el parque. Si ponemos la música que nos gusta a todo volumen en cualquier parte, insensibles frente a la perturbación que causamos en los vecinos. Si cuando pagamos una compra nos quedamos con el cambio de más, aunque nos damos cuenta del error . Si validamos y consentimos hechos delincuenciales como si fueran normales y deseables... ¿cómo podemos entonces pedir, clamar, exigir por un país donde los líderes no enseñoreen el abuso, la arbitrariedad, el caos y el autoritarismo? ¿es que si saltara a la palestra un líder sensato, inteligente, con las cualidades para orientarnos hacia un modelo más cercano al democrático que respete el Estado de Derecho y conlleve a una mejor calidad de vida, lo reconoceríamos y lo seguiríamos? ¿cómo podemos re-conocer lo que no conocemos de antemano, lo que no nos es familiar, las cualidades que no hemos incorporado a nuestra forma de vida, los valores que no hemos practicado antes? ¿Cuándo vamos a despertar, cuándo vamos a hacernos conscientes de que vivimos en un sistema y que cada uno de nosotros es una unidad de este sistema, estrechamente vinculada al resto de los componentes (desde el más próximo al más lejano) de este vasto agregado que constituye una familia, un país, un planeta y que cualquier cosa que hacemos u omitimos afecta al conjunto y se revierte hacia nosotros?

Somos, cada uno de nosotros una expresión individual de la inconsciencia, que sumada, da como resultado este caos a gran escala que nos lleva a tanta frustración e indignación y estamos como la serpiente que se muerde la cola, encerrados en el círculo de nuestra propia aniquilación.

Berna Iskandar

Fracaso (...) Cuando ponías tu marca en mi frente, jamás pensé en el mensaje que traías,
más precioso que todos los triunfos.
Rafael Cadenas



Email: conocemimundo@gmail.com