Por Berna Iskandar
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He hablado profusa y repetidamente
por todos los medios de difusión a mi alcance sobre el inconmensurable daño que
entrañan los castigos físicos y psicológicos como métodos o herramientas para
educar o criar a los niños. Sin embargo, cada día la realidad me hace
constatar que no es demasiado repetir, insistir y volver a machacar este tema.
Se pierde de vista la enorme cantidad
de adultos presos aún dentro de patrones insanos de crianza, producto de las propias
infancias inmersas en infinitas dosis de violencia visibles y sutiles. Violencias
que automáticamente desplegamos a la hora
de criar a nuestros hijos y que perpetuamos a lo largo de generaciones
sin ser capaces de registrarlas como tales.
Al margen de la cultura, la
religión, el idioma o el grado de instrucción del adulto, nos encontramos a
menudo con personas que aún justifican pegar o castigar a los niños creyendo que, con estos recursos, están educando.
Ocurre incluso que siendo padres y madres orientados a practicar modelos alternativos de crianza
basados en el respeto, durante los momentos difíciles cuando hay estrés,
aparecen involuntariamente las aproximaciones violentas que tanto nos hemos
empeñado en abolir. No es fácil dejar atrás estos patrones insanos, ni para quienes nos hemos hecho conscientes de
que los niños merecen absoluto respeto a
su integridad como personas, ni mucho menos para quienes siguen convencidos de
que una nalgada atiempo, el grito, la silla de pensar, el “un, dos, tres”, etc., son métodos
deseables para educar. Para hacernos una
idea de lo profundamente internalizadas que llevamos estas creencias, basta con
fijarnos en el hecho de que en pleno
siglo XXI, cuando ya es una marcada tendencia usar métodos libres de golpes para
entrenar caballos, perros y otros animales, todavía suponemos que es admisible pegar
a los niños con el fin de “educarlos”.
Yolanda González, Psicóloga y
autora del libro "Amar
sin miedo a malcriar", explica lo siguiente en entrevista reciente hecha por
un grupo de bellas mujeres de la Asociación
Cuídame, afincada en Utrera, España,
en programa de radio que transmiten a través de Pasión FM Radio Utrera:
"Los castigos físicos y los castigos psicológicos siempre humillan. Es el recurso que utilizamos, primero, porque lo hemos vivido en nuestra propia carne, y segundo, porque no tenemos recursos. No creo que haya mala fe, sino simplemente es un impulso que surge de una manera aparentemente espontánea, fruto de la educación recibida, que pretende parar una conducta considerada indeseable. El problema está en que aunque aparentemente se logre obediencia, se ignoran otros sentimientos que aparecen al mismo tiempo, como puede ser rabia, odio o sumisión. Tenemos que plantearnos si lo que queremos son niños sumisos o niños razonables. Y desde luego que para fomentar un desarrollo saludable con personas adultas razonables, hemos de establecer espacios de reflexión, nunca de castigo. El castigo habla de la impotencia del adulto ante una situación que no sabe manejar, que no puede manejar... así de simple... Es más fácil castigar, es más fácil pegar, es más fácil gritar, que pararse, mirar a los ojos de la criatura y tratar de comprender y empatizar por qué ha actuado de tal manera, abrir un espacio de reflexión en ese momento."
Si nos ha quedado claro que la
alternativa es abrir espacios de reflexión, entonces hagámonos preguntas. ¿Qué enseñamos a nuestros hijos cuando les
pegamos y les sometemos a castigos psicológicos?. Usando el sentido común
nos daríamos cuenta de que les enseñaríamos, en primer lugar, que la violencia
física o psicológica son herramientas válidas para aprender. Que las
diferencias se resuelven con violencia. Que cualquiera puede abusar de su cuerpo
y de su integridad como persona. Que pueden abusar de aquellos a quienes
consideren inferiores o dejarse abusar por aquellos a quienes consideren
superiores… En resumen, si no queremos
llegar a ese destino, no emprendamos ese camino, porque todo eso y cosas
peores enseñamos a nuestros hijos tras una nalgada, un pescozón, una jalón de
orejas, una palmada sobre sus manitas en señal de "no se toca", tras
un grito, una descalificación o cuando los mandamos al rincón o al tiempo
fuera, cuando amenazamos con el “un, dos, tres”...
Quienes apostamos por una vida
libre de violencia y nos esforzamos por construir cultura de paz, no podemos
estar de acuerdo con pegar, gritar, ni humillar en forma alguna, a ninguna
persona de ninguna edad. Mucho menos a un niño indefenso y vulnerable que
depende de nosotros y que se encuentra en plena formación, aprendiendo de
nuestro ejemplo el modo en que se relacionará con los demás.
Si queremos formar seres humanos
competentes, capaces de desplegar su
potencial saludablemente y en
condiciones de relacionarse desde la no violencia, es preciso esforzarnos por
impartir una crianza libre de castigos, entre otras muchas formas de violencia
escandalosas y sutiles que hemos naturalizado.
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