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jueves, 7 de febrero de 2013

Sobre el peliagudo tema de los límites y la disciplina




Por un lado, observo  a padres y adultos que atribuyen a la carencia de límites y disciplina, todo desequilibrio o desajuste en el comportamiento o el vínculo con los niños, con lo cual manifiestan la demanda voraz de imponerlos en la crianza, la mayoría de las veces de forma arbitraria y violenta. Del otro lado observo a padres y adultos a la defensiva con reacciones casi alérgicas frente a la palabra disciplina o límites. En ambos casos,  aunque ubicados desde extremos contrarios, nos encontramos frente a la discapacidad para registrar que educar en la comprensión y respeto de límites y disciplina no equivale necesariamente al uso de violencia.  Evidentemente se trata de una situación de desequilibrio que, como siempre, termina por afectar a nuestros peques.

Dice la autora y terapeuta Laura Gutman que en un territorio emocional, donde únicamente hay espacio para el deseo de uno, hay violencia. Esto por supuesto no aplica para un bebé o niño pequeño –carente de autonomía,  absolutamente vulnerable y dependiente de nuestros cuidados- a quien hay que satisfacer en continuum, de inmediato y sin demoras. Sin embargo, es deseable que el altruismo, la empatía, la cooperación y la reciprocidad comiencen a florecer progresiva y sensatamente en la medida en que el niño adquiere nociones de otredad, es decir, cuando deja de percibirse como un ser único y fusionado con la madre, y logra  reconocerse como un ser distinto capaz de darse cuenta de que hay “un yo y un tú”.
A determinada edad cuando el niño adquiere suficiente autonomía y habilidades tales como expresarse a través del lenguaje, socializar, comprender límites razonables y mantener algunas reglas, considero importante que le apoyemos a fortalecer sus habilidades y adquirir herramientas fundamentales para la convivencia. Nuestra obligación como padres también supone hacerles ver que la libertad de dar rienda suelta en determinados momentos a determinados impulsos o deseos propios, básicamente se termina cuando dañamos a los demás o donde ponemos en riesgo la propia integridad. Esto es lo que yo entiendo como la capacidad de registrar y de respetar los límites connaturales de la vida y de la convivencia. Por lo tanto no se trata de “ponerle límites” a los hijos, sino de ayudarles a reconocerlos y a comprender la importancia de respetarlos. Siempre, claro está, de un modo sensato, adecuado a su capacidad de comprensión y sin violentar el momento madurativo del niño  ni su integridad como persona.
Es importante poner en la balanza el hecho de que los seres humanos no somos puro instinto como el resto de los animales. También hacemos parte de una cultura. Es verdad que en gran medida nos regulamos con el instinto, y es deseable hacerlo, porque respondemos así a lo que dicta sabiamente nuestro diseño evolutivo.  Pero no todo lo que pertenece al instinto resulta necesariamente constructivo en cualquier circunstancia. Es difícil concebir un mundo humanizado cuando agredimos a otros toda vez que nos sentimos amenazados o porque nos parezcan raros o diferentes,  o si orináramos y defecáramos en medio de la calle o en pleno comedor porque sentimos ganas, o cuando tomamos cualquier cosa que deseemos sin la autorización de los propietarios, etc., con el argumento de que lo natural es obedecer nuestros instintos. Y es que las personas, además de desear y necesitar, también somos capaces de razonar, evaluar cuando un  deseo o un impulso es capaz de dañarnos o de dañar a los demás. Por lo tanto estamos en condiciones de regular los propios impulsos a través de la razón. Disponemos del libre albedrío, cualidad que nos define como seres civilizados y de la cual se deriva la ética. 
La psicóloga y directora de “Aula en Familia”,  Violeta Alcocer afirma con lucidez en el post “Los límites Coordenadas Fundamentales” de su blog Atraviesa El Espejo (palabras más palabras menos) que cuando los niños desean, frecuentemente lo hacen pura y desmedidamente y que por tanto la distancia entre los deseos de un niño y la realidad, suele ser grande  (agarrar o desarmar con ávida curiosidad los dispositivos electrónicos  en una tienda de computadoras, subirse a las mesas  de los restaurantes, irse solos al medio de la calle…) A menudo esta distancia puede resolverse con diálogo, con explicaciones, con negociaciones o quizás ofreciendo otras opciones al pequeño. Si es un comportamiento producto de una necesidad legítima no atendida, (hambre, cansancio, mirada y vínculo afectivo) o si se trata de un comportamiento violento por heridas emocionales no sanadas, (celos hacia el nuevo hermanito, experiencias de abandono, desamparo o  maltrato) debería desaparecer una vez que la causa es detectada y atendida. Pero también hay momentos en los que debemos comunicar y demostrar lo que esperamos de nuestro pequeño o pequeña, de un modo claro, firme y al mismo tiempo amable.  Por ejemplo, si después de haber empleado todos los recursos, explicaciones, indagaciones, acuerdos, etc.,  el niño aún se empeña en ir solo hasta el medio de la calle, entonces lo tomamos firmemente de la mano o lo cargamos y le decimos que no.  Sin regañar, sin castigar, sin rogar, ni suplicar. Simplemente actuamos con firmeza pero sin ser violentos. Lo mismo si el pequeño golpea o hace daño a otras personas, adultos o niños. Sencillamente no lo permitimos. En casos así, podemos contenerlo físicamente con nuestro cuerpo hasta que se calme. Cuando sistemáticamente, toda vez que entramos a una tienda, nuestro niño comienza a echar mano,  desordenar y tirar lo que encuentra por delante o atropellar a los demás, sencillamente no lo dejamos. Sin amenazar y sin gritar. No lo permitimos y punto, al igual que no le permitiríamos tomarse una botella de detergente aunque se empeñe en hacerlo.  
Hay reglas y límites con los que podemos ser flexibles. Por ejemplo, un día podemos irnos a la cama sin bañarnos o cepillarnos los dientes y no pasa nada. Hay otros que no se negocian, como agredir a las personas, o permitir al niño que se tome la botella de cloro porque se empeñó. Pero en ningún caso necesitamos castigar, ni pegar, ni gritar a los niños para ayudarlos a tomar conciencia sobre los dichosos límites. Tampoco existen fórmulas, ni recetas, ni un listado estandarizado de límites  en cuyo marco educar a los pequeños. Cada familia constituye una identidad particular con sus propias costumbres y cultura de lo cual se desprende un conjunto de valores y reglas de convivencia. En todo caso lo que queremos lograr es que el niño desarrolle el genuino deseo de cooperar sin la amenaza de castigos o  estímulos como premios o recompensas. Es decir, que nuestro hijo o hija consiga auto-regularse, que no dependa de la vigilancia constante a sus espaldas. Que se convierta en guardián de sí mismo, que oriente su vida a partir de la ética y de los valores que ha decidido conscientemente incorporar en su bagaje intelectual y emocional. Es así como se forman personas que estudian no para obtener notas sino par aprender, que trabajan no sólo por dinero sino por el placer de realizar una tarea gratificante o para contribuir con el bien colectivo, personas que con o sin policías y amenazas de multas, respetan la luz roja del semáforo o se abstienen de poner música a todo volumen porque entienden que su derecho a escuchar la música que les gusta,  se termina donde comienza el derecho de los demás a una vida libre de contaminación sónica... Es así como se forman seres humanos capacitados para darse cuenta de que integran un sistema en el que cada individuo constituye una unidad estrechamente vinculada al resto de los componentes (desde el más próximo al más lejano) de este vasto entramado que constituye una familia, un país, un planeta y que cada uno de nuestros actos afecta al conjunto y también se revierte hacia nosotros.
Otro aspecto a destacar sobre este peliagudo y empastelado tema, es la capacidad  para comunicar apropiadamente lo que esperamos del otro. Así como los padres estamos dispuestos incondicionalmente a respetar a nuestros hijos, a acompañarlos y adaptarnos a sus necesidades, llegado un momento de su desarrollo  evolutivo, es deseable mostrarles que, en ocasiones, los demás también necesitan y esperan ser acompañados y complacidos.  Por ejemplo, si el niño está aburrido y quiere jugar con nosotros, podemos dejar nuestra tarea para ir a jugar con él, explicándole que luego de un tiempo debemos regresar a la tarea pendiente y que esperamos que nos permita realizarla, transando así, por “un ratito tú y otro ratito yo”.
El problema surge cuando los adultos no sabemos reconocer, nombrar, por tanto explicar y pedir asertivamente a nuestros hijos, lo que necesitamos de ellos. Tal vez porque nadie nos permitió reconocer y pedir de un modo transparente lo que necesitamos durante nuestra propia infancia plagada de tratos autoritarios, exigencias desmedidas y descalificaciones constantes hacia nuestras necesidades legítimas.  Así las cosas,  los elementos quedan servidos para que  padres y madres, incluidos los que decidimos apostar por la crianza respetuosa  o  intentamos practicarla,  seamos susceptibles de atravesar los linderos hacia el tan denigrado  “exceso de permisividad”.  Me refiero a los casos de niños que se violentan, patean, gritan y golpean a sus padres o a otros si no se les complace de inmediato, en todo momento y sin tregua. Niños que sistemáticamente desconocen y se niegan a dar cabida al deseo de otros.  Niños que luego llamamos tiranos.
Pero la responsabilidad es de nosotros los adultos que al no saber cómo pedir lo que esperamos, impedimos que el niño reconozca e interiorice los límites razonables así como su propia capacidad de cooperación, altruismo y reciprocidad. Según mi criterio, esto resulta nefasto para nuestro hijo a quien le saboteamos las habilidades para negociar, acordar y fluir en el entorno compartido con otros.  Aclaremos que no hablo de adaptar a los niños  a un orden social injusto con demandas desmedidas, pero tampoco se trata de saltar hacia el extremo de “desadaptarlos” del mundo donde necesariamente tienen que desarrollar habilidades de convivencia. Se trata de apostar por el equilibrio entre dar y recibir, ser flexibles y ser firmes.  Como los equilibristas quienes oscilan a ratos hacia la derecha y luego hacia la izquierda, para sortear la gravedad y mantenerse caminando.
Comunicar al niño lo que sentimos sin menoscabar a la persona (“me canso mucho cuando tengo que recoger todo el desorden en la sala” en lugar de “eres un desordenado”), enseñarles a reconocer nuestras necesidades y lo que esperamos de ellos (hemos jugado juntos toda la tarde, ahora mamá necesita concentrarse en hacer un informe de trabajo, luego podemos seguir jugando), impedir que dañe a otros o que irrespete el derecho de otros (no pegamos a los demás ni tomamos sus pertenencias sin permiso), y si es necesario hacerlo con firmeza pero al mismo tiempo con amabilidad, también constituye una faceta indispensable de la crianza  respetuosa.  
Aquí aprovecho para insistir en que actuar con firmeza cuando es necesario, no significa usar la violencia. Aunque nadie nos enseñó cómo hacerlo,  a pesar de que no tengamos referentes, podemos aprender a ser firmes y al mismo tiempo amables. Tal vez para comprenderlo y llevarlo a la práctica de un modo equilibrado, genuino y sostenible, necesitemos primero revisar nuestras propias historias infantiles afectadas por los estragos de la crianza coercitiva, que ahora desde el rol de padres, reeditamos inconscientemente situándonos en los extremos de la culpa, el miedo y la sumisión o del autoritarismo, la ira y la imposición. Organizados así, indefectiblemente habrá caldo de cultivo para que surja un abusador y un abusado.  Y esto no es lo que queremos para nuestros hijos.

Enlaces relacionados

El conductismo fashion  
Los límites, coordenadas fundamentales, por Violeta Alcocer 
Puntos, estrellitas y caritas sonrientes, por Violeta alcocer
El castigo como perpetuador de un modelo social, por violeta Alcocer 
Poner límites o informar de los límites, por Casilda Rodrigáñez 
Infancia, educación emocional y límites, vía mentelibre.com 

Twitter. @conocemimundo

domingo, 20 de febrero de 2011

Quien esté de acuerdo con la nalgada a tiempo que levante la mano


De mis amigos de Cecodap, Oscar Misle y Fernando Pereira, aprendí lo que hoy llamo la prueba de ácido para determinar la verdadera visión de la infancia mantenida y practicada por un grupo o cultura.  Consiste en hacer dos preguntas. La primera: ¿Está usted de acuerdo con el maltrato infantil? a la que todos responderán sin titubear que NO.  De inmediato realizamos la segunda pregunta: ¿Y está usted de acuerdo con la nalgada a tiempo para disciplinar o educar? ....  A esta pregunta, querido lector, querida lectora, no sé lo que responderían en otros contextos, pero la experiencia en mi país, Venezuela, es que la mayoría de los adultos, involucrados o no en el cuidado infantil, declaran absolutamente convencidos, sin dudas ni reparos, que SÍ...  Al igual que diría el pediatra Carlos González, me pregunto qué opinarían estos adultos que aún defienden el castigo físico en los niños, si  la palabra NIÑOS, la cambiáramos por la palabra MUJERES o  por la palabra  NEGROS... ¿Es que acaso los niños no tienen los mismos Derechos Humanos que las mujeres y los negros, es decir, los mismos Derechos Humanos que los adultos?.

Todavía en pleno siglo XXI, la visión de la infancia y los derechos del niño se encuentran en el mismo estatus que experimentaron los afrodescendientes o las mujeres, hasta la primera mitad del siglo XX , poco antes de que comenzaran a consolidarse las reivindicaciones que, la revolución femenina y el activismo de Martin Luther King,  reclamaron para los grupos que representaban. Hoy, en pleno 2011,  todavía hay adultos involucrados en la crianza y cuidado infantil que no ven ni tratan a los niños como sujetos de derecho - y no hablo sólo de padres y madres que están de acuerdo con golpear a sus hijos- si no también de los mal llamados especialistas como pediatras que escriben manuales sobre fórmulas apropiadas de aplicar castigo físico  y que para colmo del daño social, son publicados en páginas Web de gigantescas empresas transnacionales como Pampers y Dodot  (para detalles del caso lea esta reseña ) dizque especializadas en cuidados infantiles.

No me cansaré pues, por todos los medios de difusión a mi alcance, de insistir en llevar la información que sea necesaria, cuantas veces sea necesario, para contribuir a desmontar este paradigma social pernicioso que en nada contribuye a la construcción de cultura de paz, y que nos mantiene anquilosados en prácticas anacrónicas e irrespetuosas, casi grabadas en el ADN, y que necesitamos reprogramar para avanzar hacia el horizonte de un mundo más digno y amable.


Comparto con ustedes otro programa sobre el castigo físico infantil. Ojalá contribuya a disolver esta construcción social nefasta que nos mantiene empeñados en no querer asumir al niño como persona, como a un igual con derecho al mismo trato y el mismo respeto que esperamos para nosotros como adultos. Y ojalá quede claro que mi propósito no es, ni ha sido, ni será promover una educación laxa, sin límites ni disciplina, sino de promover métodos humanizados de disciplina, estrategias respetuosas para conducir a nuestros niños a reconocer conscientemente los límites y por ende respetarlos, lo cual supone por supuesto, más tiempo, más comunicación, más conexión y compromiso emocional por parte de los padres y adultos involucrados, porque siempre es más cómodo, fácil y rápido detener un comportamiento no deseado pegando un grito o un golpe, pero nunca será ni efectivo a largo plazo, ni admisible, porque "niño SI es gente", y merece respeto al igual que usted y que yo.


Para escuchar el programa, pulsar el player

lunes, 24 de agosto de 2009

Reuniones familiares para la solución de conflictos



Casi todos defendemos con intensidad la democracia como sistema ideal y deseable para el país en el que vivimos ¿pero podemos decir con honestidad que nuestro hogar funciona en democracia?

Según la propuesta de la Dra Aletha Solter psicóloga experta en disciplina no punitiva, las reuniones periódicas familiares para la resolución de conflictos proporcionan un foro en el cual los miembros de la familia pueden lograr un aprendizaje participativo, cooperativo y democrático. Así como lo leen. Al igual que en cualquier empresa moderna, todos los miembro de la familia pueden traer un punto de agenda al foro semanal familiar, y participar por igual para encontrar soluciones a los conflictos.

En un artículo publicado en su sitio web, la doctora Solter explica:

Estas reuniones funcionan muy bien con niños a partir de los 4 años de edad. Una buena forma de comenzar es fijar una cita regular semanal. Es importante que todos los miembros de la familia estén presentes.

La primera reunión familiar se puede emplear para discutir y establecer la estructura de las futuras reuniones, así como los procesos de toma de decisiones.

Se debe llevar una agenda escrita. Podría ponerse un papel sobre la nevera y a lo largo de la semana apuntar cada quien los asuntos que quiere llevar a la reunión (los niños que aun son muy pequeños para escribir, pueden dictar los ítems o también hacer un dibujo sencillo).
Se puede asignar un presidente que lleve la agenda y una secretaria que anote las decisiones en cada reunión. Estas responsabilidades deben rotar cada semana entre todos los miembro de la familia.

Dar reconocimientos y agradecimientos por hechos específicos es una forma agradable de comenzar la reunión familiar.
Después es útil abrir un espacio para los anuncios y las notificaciones. Por ejemplo, si alguien tiene planes de ausentarse en una comida o alguna noche durante la semana siguiente.

Los puntos a discutir en las reuniones pueden ir desde la planificación de un viaje familiar, la celebración de un cumpleaños, hasta la creación de un cronograma con asignación de tareas y obligaciones domésticas.
Es igualmente importante motivar a los hijos a que usen las reuniones familiares para resolver los problemas que tengan con sus padres, con sus hermanos o para hablar de situaciones en las que ellos sienten que sus necesidades no son reconocidas.

Las reuniones familiares fomentan el sentido de la responsabilidad y la cooperación mutua. Finalmente con el proceso en sí mismo, los niños aprenden a valorar la comunicación, la mediación y adquieren habilidades para la negociación y resolución de conflictos ganando experiencia de primera mano a través de un sistema democrático verdadero.



Escucha más detalles sobre las reuniones familiares para la resolución de conflictos pulsando aquí





CRIANZA EN  CULTURA DE PAZ
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lunes, 27 de julio de 2009

Rumbas adolescentes: Cómo hacer con los permisos


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LEE ESTE ARTÍCULO:

ADOLESCENCIA, LA EDAD DE LA RUMBA
¿QUÉ HACER CON LOS PERMISOS?
Por: Berna Iskandar
Comenzamos por llevarlos al cine, los dejamos sentados en la sala con sus amiguitos y al terminar la función pasamos a buscarlos. Luego nos piden quedarse en el centro comercial, hasta que un día llega el primer permiso para salir solos de noche a una fiesta
A todos mis amigos los dejan, yo soy la única sometida del grupo, nunca me dejas salir, sólo te importa amargarme la vida ¡te odio!, estas frases dichas a su madre y seguidas de un portazo y encierro en su cuarto, pertenecen a una escena que se repite desde que Gabriela cumplió 14 años, especialmente al acercarse el fin de semana. Situaciones así, van convirtiéndose en el pan nuestro de cada día dentro de los hogares donde los instintos e impulsos exacerbados propios de la adolescencia, buscan satisfacer una necesidad natural de su proceso evolutivo como lo es socializar, ser aceptados por su grupo de pares y, sobre todo, divertirse.

Oscar Misle, Fundador y Director de Cecodap (asociación civil, con veintiún años promoviendo y defendiendo los derechos de la niñez y adolescencia venezolana) y Coordinador del programa “Creciendo Juntos” comienza por explicar que el meollo del asunto se origina con el pensamiento o la creencia de que la adolescencia es un problema, en lugar de apreciarla y valorarla como un período más - aunque no necesariamente fácil- dentro del proceso evolutivo de nuestros hijos que, sea dicho de paso, todos los adultos hemos experimentado y atravesado.

Este momento de cambios muchas veces confunde al mismo adolescente que no sabe cómo expresar lo que le pasa y que a veces es la razón que explica el que los púberes opten por el silencio, el aislamiento o las manifestaciones violentas como gritos y peleas, motivo principal de queja por parte de los padres. Por si fuera poco, la adolescencia es una edad donde las hormonas brotan como flores en mayo y con ello los muchachos y muchachas se abren a las primeras experiencias sexuales muchas veces sin tomar las previsiones necesarias para evitar las consecuencias no deseadas. El adolescente, por naturaleza temerario y sin la madurez suficiente para calcular riesgos, llegado el tiempo de dejar atrás la niñez y comenzar a transitar hacia la adultez, se lanza a medir el río por sus propios pies lo que puede traducirse en la iniciación del contacto con el tabaco y otras drogas ampliamente distribuidas en nuestro medio social, con frecuencia hasta bien vistas y aceptadas, como es el caso del alcohol. A todo este escenario se suma la llegada de las fiestas en una ciudad insegura, donde los índices de criminalidad encabezan las cifras del ranking internacional. Entonces ¿qué hacer con el tema de los permisos para salidas nocturnas, reuniones y rumbas de los adolescentes sin que la situación se nos escape de las manos?

Negociación: la mejor vacuna contra triquiñuelas

Las reglas y los límites son necesarios para la convivencia. Así como existen señales y normas de tránsito para que los carros puedan circular fluidamente y sin chocar, un hogar y una sociedad necesitan establecer normas y límites para una convivencia sana. En este sentido, Oscar Misle habla de la negociación, con mucha comunicación, como única vía para validar acuerdos, fijar normas y límites con los hijos especialmente adolescentes y sobre todo en el tema de los permisos para salidas nocturnas. ¿Por qué? porque la falta de negociación equivale a imponer una medida. Esto, en apariencia, puede resultar muy efectivo, pero termina por pasar factura: o bien el adolescente puede recurrir a triquiñuelas para salir a escondidas o el hogar terminará convertido en un campo de batalla producto de la reacción de rebeldía y resentimiento de los jóvenes frente a la actitud autoritaria de los padres. El propósito de la negociación es alcanzar el consenso lo cual a veces puede ser una tarea ardua, pero aunque tome más tiempo y esfuerzo,  el resultado será  sostenible.

Alcanzar el consenso es un buen ejercicio para comenzar a inculcar valores democráticos desde casa. Los métodos autoritarios quizás funcionaban en otra época donde la realidad sociocultural era diferente, pero para estos tiempos es oportuno y apropiado lograr soluciones acordadas, porque de esta manera los adolescentes estarán en mejor disposición de seguir las reglas así como de aceptar las consecuencias por incumplimiento que ellos mismos han ayudado a formular.

Elementos a considerar a la hora de negociar

· Se deben establecer días y horarios de salida.
· Las pautas acordadas así como las consecuencias por incumplimiento deben responder a la edad (en la medida en que son mayores exigen más libertad), al temperamento individual de cada adolescente y a la realidad sociocultural y particularidad de cada familia.
· Se puede permitir un margen, de hasta una hora más de la convenida, para la hora de regreso. De incumplirse los límites fijados, los padres deben ser consistentes con las consecuencias acordadas.
· Ambos padres deben demostrar consistencia coincidiendo con un mismo mensaje o posición.
· Es importante estimar el tiempo de descanso necesario que permita funcionar bien al adolescente al día siguiente y donde se establezca un equilibrio con respecto al resto de sus tareas, actividades y obligaciones.
· Es necesario hacer conocer la importancia de reconocer las necesidades del resto de los miembros de la familia, quienes se preocupan por la seguridad del adolescente y cuyo descanso eventualmente se puede ver afectado toda vez que se espera el regreso de los jóvenes a casa.


Aceptar el conflicto como una oportunidad

Al igual que nos da fiebre cuando hay una infección en el cuerpo como síntoma para hacernos conscientes de la enfermedad y buscar sanación, el conflicto interviene como un elemento indicador de que existen diferencias y problemas que encarar y resolver. Por lo tanto no hay que huir de él, sino permitirse y permitir expresar las emociones y criterios tanto de los adolescentes, los padres, como de todos los miembros de la familia para poder así, allanar el camino hacia la solución de las diferencias.

Padres vigilantes

Algunas formas de establecer redes de seguimiento y supervisión a los adolescentes durante sus salidas a fiestas y reuniones son:
· Acordar con los hijos que éstos les provean al menos dos o tres números de celulares de sus compañeros de parranda con el fin de localizarlo en caso de que el ruido de la fiesta, los problemas de señal o una posible descarga de batería en su celular imposibiliten la comunicación.
· Establecer contacto con los padres del grupo de amigos para intercambiar y validar información acerca de los planes, lugares y personas encargadas de llevar o traer a los jóvenes.
· Buscar modalidades de transporte seguro como la figura de un taxista de confianza, advertir a los hijos que bajo ninguna razón ni circunstancia suban a un vehículo si el chofer se encuentra bajo los efectos del alcohol (aunque sea un sólo trago) y que en ese caso es preferible que llamen a los padres, no importa la hora que sea, para que los recojan en el lugar de la fiesta.
· Es fundamental que los padres, adultos y responsables de los adolescentes cuiden de que bajo ningún pretexto se sirvan bebidas alcohólicas a los menores de 18 años. Así mismo conviene prevenir a todos los jóvenes sobre los riesgos a la salud e integridad física provocados por el consumo de esta droga legal cuyo uso por parte del segmento joven de la población arroja devastadoras estádisticas de accidentes de tránsito y hechos violentos en todas partes del mundo.
· Los padres deben estar informados en todo momento a dónde, cómo y con quién salen sus hijos adolescentes.

Importancia de la conexión entre padres e hijos adolescentes 
Misle aclara que -antes que otras actividades como ir al teatro o quedarse en casa leyendo- es perfectamente normal que los adolescentes prefieran reunirse con sus pares e ir a fiestas para divertirse porque necesitan intimidad y sentirse cómodos en un ambiente donde no estén sobre exigidos. Es importante entonces, abrir espacios donde la familia también comparta con los adolescentes la experiencia de fortalecer la intimidad y la conexión afectiva en un ambiente relajado: salir de paseo o de compras juntos, compartir actividades solos padre/hijo o hija  madre/hijo o hija puede llenar la necesidad de intimidad y conexión que el joven muchas veces trata de suplir a través de la búsqueda compulsiva de diversión con los amigos.

El Director de Cecodap explica que la adolescencia comienza a los 11 ó 12 años, pero que nunca se sabe cuando termina. El modelaje de los padres hace que los adolescentes interpreten la adultez  o bien como una desgracia a la que no quisieran llegar o como una etapa deseable de la vida, lo cual puede incidir de manera importante en la dificultad o la fluidez con la que se transite desde la adolescencia hacia una adultez madura y responsable.


Berna Iskandar
Fuente: Entrevista a Oscar Misle
Fundador y director de Cecodap y
Coordinador del programa “Creciendo Juntos”
www.cecodap.org.ve




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