lunes, 24 de septiembre de 2012

El delicado asunto de intervenir o no


 
Una niña no mayor de seis años camina por la acera.  Su mamá, una mujer joven que se encuentra varios pasos adelante conversando con una amiga, voltea con cierta frecuencia para regañarla o para ordenarle que se apure. Cada tanto, la pequeña nota que su madre se aleja más de la cuenta así que se apresura. Pero luego se distrae, vuelve a su mundo. Desacelera, retoma el ritmo contemplativo de los niños. Mira a su alrededor, se tapa los oídos y se los destapa como ensayando: ahora hay ruido, ahora no. “¿Para qué te tapas los oídos?”, reclama la madre. La niña suspende el juego y acelera su marcha, pero al poco tiempo se detiene a mirar cualquier cosa que llama su atención. Agarra hojas caídas de los árboles, las observa,  compara tamaños, las sobrepone, las agita. La mamá voltea nuevamente para comprobar si la niña se encuentra lo suficientemente cerca o se ha rezagado. Cuando la ve sacudiendo las hojas, se burla diciendo, “pareces una loca haciendo eso, apúrate”. Yo, una transeúnte desconocida ubicada justo detrás de la criatura observando la escena y cuidando de que no se haga daño o se escurra desde la acera hacia los carros, precipito el paso, me pongo a la altura de la mamá y digo: “Qué va, loca no. Los niños son como laboratorios científicos. Ella está explorando y conociendo el mundo, calculando, comparando sonidos, tamaños, resolviendo preguntas… Mientras hace todo eso se está volviendo mucho más inteligente”. La señora sonrió y yo pude haber agregado a mi observación la sugerencia de que caminara detrás de su hija sin perderla de vista, pero justo en ese momento llegamos a una esquina donde cada quien tomó una ruta diferente.
A menudo encuentro escenas de padres desvinculados cuyos únicos momentos de comunicación son para regañar, criticar, ordenar y hasta pegar o poner en riesgo la integridad física de sus hijos.  
Resulta difícil decidir qué hacer en casos así. Personalmente trato de cuidar el modo en que intervengo, cuando lo hago, porque si tuviera que responder cada vez que me topo con estas escenas, me convertiría en candidata a encierro en un manicomio. Por lo regular, decido hablarle a los pequeños, poniendo en voz alta lo que creo que pueden estar sintiendo a través de preguntas como, “¿estás llorando porque te cansas de caminar o de andar en el cochecito?, es que los brazos de mamá son el paraíso ¿verdad que sí?”, con la esperanza de que baje la tensión y los padres atiendan al bebé en lugar de llevarlo a rastras, ignorarlo, gritarle que es muy pesado y no lo van a cargar, etc. Sin embargo, cuando veo a padres pegar a sus niños, intervengo con firmeza y les comunico directamente que lo que hacen es ilegal, y  que si veo a un policía, denunciaré de inmediato.  
Ciertamente puede ser irrespetuoso meternos donde no nos piden opinión, como también es cierto que con una intervención aislada no resolvemos el problema de fondo. Incluso los padres podrían quedar aún más molestos por sentirse cuestionados y luego descargar su frustración sobre los pequeños con lo que habremos complicado la situación. Pero cuando la integridad de los niños está en juego, no encuentro otra opción. Creo, además, que si no hacemos sentir el repudio social frente a las infinitas formas de malos tratos hacia los pequeños, permitimos que se sigan naturalizando.
¿Qué opinan ustedes? ¿Cómo se han sentido o que han hecho cuando se ven frente a experiencias de este tipo?.

 

Enlaces Relacionados:

La "nalgada a tiempo"

¿Cómo te sentirías si te lo hicieran a ti?

Tratarás al niño como a un igual 

 

Email: conocemimundo@gmail.com  

Twitter. @conocemimundo

jueves, 20 de septiembre de 2012

Ni doncellas complacientes ni machos súper poderosos



Colores y juegos de niñas o de niños, emociones de mujer o de hombre, trabajos de hombre o de mujer… en fin, una cosa o la otra excluyéndose mutuamente entre sí en una suerte maniquea que limita posibilidades enriquecedoras para el ser humano, independientemente de su sexo, sin dejar paso a matices, preguntas, reflexiones…
Ciertamente hay que reivindicar las diferencias que son connaturales a la esencia femenina o masculina, pero vale la pena preguntarse ¿en qué medida nuestras creencias sobre los roles basados en identidades de género responden a la verdadera naturaleza, y en qué medida emanan de un constructo hegemónico condicionado por más de cinco mil años de civilización patriarcal?    
En cualquier lugar del mundo, al margen de las diferencias culturales, es muy probable  encontrarse inmersos, con mayor o menor intensidad, dentro de familias que crían hembras y machos en lugar de seres humanos. Esto genera costos importantes para la salud, la dicha y el equilibrio de nuestros propios hijos e hijas. Veamos por qué.
En el caso de la construcción del género para los varones, la violencia refuerza la masculinidad. Desde que el hombre nace, es educado con juguetes bélicos y deportes agresivos. Se les reprime el derecho a la expresión de emociones vinculadas con la feminidad como la ternura y el llanto. Que un varón hable de sus sentimientos hace despertar sospechas. Este modo de pensar colectivo se recoge en frases como “los hombres no lloran, los hombres pelean” o “sea macho y aguante”. Luego vemos prevalencia masculina en las estadísticas mundiales de infartos, adicciones, accidentes de tránsito, asesinatos, delincuentes, presidiarios... Criados así, los hombres terminan por convertirse en un factor de riesgo, para sí mismos, para otros hombres y para las mujeres.
Por otra parte, criamos a las niñas con características atribuidas a la feminidad, tales como sumisión y dependencia, formando así a víctimas de toda clase de violencia, a criaturas vulnerables ante amenazas y disminuidas frente a oportunidades de empoderamiento. Y si creemos que ya dejamos atrás estos modelos,  preguntémonos porqué la equidad de géneros figura a estas alturas del siglo XXI,   como el tercer Objetivo de Desarrollo del Milenio.
No cabe duda de que la reproducción de este orden imperante en nuestro planeta es de responsabilidad coproducida por hombres y mujeres, lo cual nos remite a una solución que también debe ser coproducida.  
Antonio Pignatiello, psicoanalista y profesor de la Universidad Central de Venezuela e investigador de temas de género, explica que durante la crianza, los ejemplos del modo en que perpetuamos este constructo social, pueden ser muchos y muy cotidianos, e invita a padres y madres a hacerse preguntas: ¿por qué si un varón quiere jugar con muñecas pensamos que será algo grave para su desarrollo?, ¿por qué vivimos la masculinidad como algo que estuviera siempre a punto de perderse?,  ¿por qué a las niñas se les exige más orden y con los varones somos más permisivos con el desorden?, ¿cuántas veces es papá el que se ocupa de quehaceres domésticos o del cuidado de los hijos y cuántas veces es tarea dejada sólo a las madres?, ¿por qué la crianza se asocia sólo con maternidad cuando es también paternidad?...
La invitación, como siempre, es a vivir la aventura del darse cuenta, observando la  misma realidad cotidiana en el ejercicio de la crianza dispuestos a cuestionarnos el modo en que lo hemos hecho siempre, al tiempo de abrirnos hacia posibilidades más retadoras, pero sobre todo más conscientes. 


Email: conocemimundo@gmail.com

viernes, 14 de septiembre de 2012

¿Autorregulación o entrenamiento?


Decía John Stuart Mill, que la presión social constituye una amenaza mucho más grande para la libertad, que los decretos de cualquier tirano.  Y es precisamente  la presión social, la que a menudo, nos induce a violentar los propios ritmos madurativos de nuestros hijos durante la crianza. Lo hacemos de infinitas maneras que pasan desapercibidas. Para darnos cuenta necesitamos usar unos lentes muy especiales.
Veamos. Así como nadie tiene que enseñar a un recién nacido a respirar, ni a llorar,   tampoco hay que enseñar a un niño pequeño cómo o cuántas veces pegarse al pecho de la madre. Tampoco hay que enseñarlo a dormir, orinar o hacer caca,  ni a comer, ni a caminar. Para que cualquier individuo de la especie animal -incluido el humano-  adquiera y desarrolle las conductas naturales de su especie, no es necesario forzar ni entrenar.  Si el individuo es sano y no presenta patologías, consolidará dichas conductas por autorregulación. Escribir o tocar el piano, por ejemplo, pueden ser habilidades que requieran ser aprendidas con uno u otro método. Pero al igual que un pez comienza a nadar y un ciervo recién nacido comienza a andar,  las actividades naturales de los humanos surgen y se consolidan por autorregulación y no por entrenamiento.
El sueño y la alimentación infantil, así como el control de esfínteres o retirada del pañal, son los aspectos de la crianza donde con más frecuencia es violentado el proceso  de autorregulación de los pequeños. Y esto lo hacemos respondiendo a la presión social, que intenta imponer pautas externas creadas por una cultura o civilización  cada vez más desconectada con los ritmos y procesos naturales.
Amamantar con horarios o tiempos preestablecidos que no responden a las demandas del bebé, garantiza el fracaso de la lactancia materna y con ello arrancar al niño de la fuente óptima para construir aspectos neurálgicos de su salud emocional y física, presente y futura. 
Queremos que los pequeños duerman toda la noche de un tirón para que se acoplen con nuestra rutina adulta, pero un niño no puede tener el mismo comportamiento para dormir que tiene un adulto, porque aún no ha adquirido las mismas etapas de sueño. Un pequeño hasta los cinco años, se despierta con frecuencia por razones de sobrevivencia. De hecho los adultos experimentamos micro despertares nocturnos, entre otras razones, para reconocer las amenazas del ambiente, pero ya estamos aptos para volvernos a dormir solos, incluso sin darnos cuenta. En cambio los niños pequeños, que aún no han adquirido la capacidad de conciliar de nuevo el sueño por ellos mismos, necesitan llamar a sus padres toda vez que se despiertan. ¿Por qué?: para no morir de una hipoglucemia o asfixiados  o porque no cuentan con los recursos psicológicos para gestionar por sí solos el miedo y el desamparo que experimentan alejados del cuerpo que les da calor y seguridad.
Con el control de esfínteres pasa otro tanto. Los pequeños necesitan alcanzar la madurez fisiológica y psicológica que, según los expertos  -tomando en cuenta las diferencias interindividuales- se consolida alrededor de los dos a los cinco años.  Forzar la retirada del pañal cuando el niño no está preparado para ello neurológica, fisiológica o psicológicamente, equivale a violentarlo y seguramente traerá secuelas.
Criar sin violencia no significa únicamente proscribir los gritos o el castigo físico. También significa respetar el ritmo evolutivo individual de cada niño, preservándolo de la presión social con sus ritmos inyectados desde afuera,  que nada tienen que ver con las genuinas necesidades de desarrollo de los pequeños. Si desde niños somos forzados a divorciarnos de nuestros ritmos naturales y a desoír nuestro cuerpo,  el resultado será la pérdida de conexión con la propia sabiduría e intuición.  




Enlaces relacionados 

El rapto de la lactancia materna 
Dulces sueños
La retirada del pañal ¿se enseña o sucede por si sola?
El mito de los niños independientes
@conocemimundo

 

¿Autorregulación o entrenamiento?


Decía John Stuart Mill, que la presión social constituye una amenaza mucho más grande para la libertad, que los decretos de cualquier tirano.  Y es precisamente  la presión social, la que a menudo, nos induce a violentar los propios ritmos madurativos de nuestros hijos durante la crianza. Lo hacemos de infinitas maneras que pasan desapercibidas. Para darnos cuenta necesitamos usar unos lentes muy especiales.
Veamos. Así como nadie tiene que enseñar a un recién nacido a respirar, ni a llorar,   tampoco hay que enseñar a un niño pequeño cómo o cuántas veces pegarse al pecho de la madre. Tampoco hay que enseñarlo a dormir, orinar o hacer caca,  ni a comer, ni a caminar. Para que cualquier individuo de la especie animal -incluido el humano-  adquiera y desarrolle las conductas naturales de su especie, no es necesario forzar ni entrenar.  Si el individuo es sano y no presenta patologías, consolidará dichas conductas por autorregulación. Escribir o tocar el piano, por ejemplo, pueden ser habilidades que requieran ser aprendidas con uno u otro método. Pero al igual que un pez comienza a nadar y un ciervo recién nacido comienza a andar,  las actividades naturales de los humanos surgen y se consolidan por autorregulación y no por entrenamiento.
El sueño y la alimentación infantil, así como el control de esfínteres o retirada del pañal, son los aspectos de la crianza donde con más frecuencia es violentado el proceso  de autorregulación de los pequeños. Y esto lo hacemos respondiendo a la presión social, que intenta imponer pautas externas creadas por una cultura o civilización  cada vez más desconectada con los ritmos y procesos naturales.
Amamantar con horarios o tiempos preestablecidos que no responden a las demandas del bebé, garantiza el fracaso de la lactancia materna y con ello arrancar al niño de la fuente óptima para construir aspectos neurálgicos de su salud emocional y física, presente y futura. 
Queremos que los pequeños duerman toda la noche de un tirón para que se acoplen con nuestra rutina adulta, pero un niño no puede tener el mismo comportamiento para dormir que tiene un adulto, porque aún no ha adquirido las mismas etapas de sueño. Un pequeño hasta los cinco años, se despierta con frecuencia por razones de sobrevivencia. De hecho los adultos experimentamos micro despertares nocturnos, entre otras razones, para reconocer las amenazas del ambiente, pero ya estamos aptos para volvernos a dormir solos, incluso sin darnos cuenta. En cambio los niños pequeños, que aún no han adquirido la capacidad de conciliar de nuevo el sueño por ellos mismos, necesitan llamar a sus padres toda vez que se despiertan. ¿Por qué?: para no morir de una hipoglucemia o asfixiados  o porque no cuentan con los recursos psicológicos para gestionar por sí solos el miedo y el desamparo que experimentan alejados del cuerpo que les da calor y seguridad.
Con el control de esfínteres pasa otro tanto. Los pequeños necesitan alcanzar la madurez fisiológica y psicológica que, según los expertos  -tomando en cuenta las diferencias interindividuales- se consolida alrededor de los dos a los cinco años.  Forzar la retirada del pañal cuando el niño no está preparado para ello neurológica, fisiológica o psicológicamente, equivale a violentarlo y seguramente traerá secuelas.
Criar sin violencia no significa únicamente proscribir los gritos o el castigo físico. También significa respetar el ritmo evolutivo individual de cada niño, preservándolo de la presión social con sus ritmos inyectados desde afuera,  que nada tienen que ver con las genuinas necesidades de desarrollo de los pequeños. Si desde niños somos forzados a divorciarnos de nuestros ritmos naturales y a desoír nuestro cuerpo,  el resultado será la pérdida de conexión con la propia sabiduría e intuición.  




Enlaces relacionados 

El rapto de la lactancia materna 
Dulces sueños
La retirada del pañal ¿se enseña o sucede por si sola?
El mito de los niños independientes
@conocemimundo

 

jueves, 13 de septiembre de 2012

Tratarás al niño como a un igual

-->


 “Para hacer grandes cosas, es preciso ser tan superior a sus semejantes como lo es el hombre a la mujer, el padre a los hijos, el señor a los esclavos”. Aristóteles siglo V a.C.  Con esta frase citada por Casilada Rodrigáñez, en su artículo “Poner límites o informar de los límites”, la escritora madrileña aporta clara referencia del orden en el cual hemos basado más de cinco mil años de civilización patriarcal, establecido sobre el principio de la jerarquía. Un orden opuesto a la estructura anterior de sociedades neolíticas matrifocales, que se asentaron sobre la horizontalidad y la cooperación.

Acierta Rodrigáñez, al destacar que nuestro modelo actual de hombre o mujer, incluye la superioridad adulta como uno de los pilares del patriarcado, aún predominante en el planeta. Con este paradigma calado hasta los tuétanos, la mayoría de los adultos valoramos al niño como un inferior y un subordinado. Es así que la práctica de ordenar, imponer y doblegar al niño la llevamos muy interiorizada y, por tanto, se hace tan difícil sustraernos de ella.   

Han transcurrido, sin embargo, alrededor de un par de décadas en las cuales una corriente de pensamiento florece a la luz de un nuevo despertar de conciencia,  y comienza a sumar voces que valoran al niño como a un igual.  Una corriente sustentada en modos de relación más horizontales entre adultos y niños, que abraza conductas orientadas por principios de equidad, respeto, altruismo, dignidad, empatía y no violencia.

Hablamos de una filosofía que nos encamina a ofrecer explicaciones y alternativas, en lugar de dar sistemáticamente órdenes e imponernos a partir de la descalificación de las capacidades y habilidades del niño. Una nueva estructura que llama a sustituir la autoridad, por comunicación, acuerdos y compromiso emocional.  Que nos lleva a creer en que sí es posible ser democráticos y flexibles en el hogar, en que sí es posible enseñar a los hijos a comprender sus deberes sin violar sus derechos, en que sí es posible ejercer el rol de padres tratando al niño como a un igual. Un nuevo orden donde los niños opinan y acuerdan con el resto de la familia, sobre los asuntos cotidianos. Donde se les informa respetuosamente cómo funciona este mundo que están conociendo.  Una forma de vida que valida el ejercicio de la autocrítica, de pedir disculpas a los hijos cuando nos equivocamos.  Que nos da el permiso de hacer las cosas de un modo distinto. Otra manera de vivir la paternidad y la maternidad que convoca a ponernos en los zapatitos de los niños para comprender cuáles son sus necesidadesreales y satisfacerlas sin reparos. A tener expectativas reales sobre lo que se puede o no esperar de los pequeños según su momento evolutivo.  A respetar sus propios ritmos madurativos en lugar de forzarlos a responder según los ritmos externos. Un camino amoroso que nos inclina a buscar tras la superficie las razones del “mal comportamiento” de los niños, en lugar de interrumpir o modificar la conducta con métodos punitivos. Que nos llama a palabrear constantemente a nuestros pequeños, a contarles lo que nos pasa, lo que esperamos de ellos, lo que necesitamos. A escucharlos y atenderlos sin banalizar sus sentires, deseos y expresiones, asumiendo que son siempre importantes. 

Desmontar el constructo adultocéntrico con raíces milenarias,  supone una visión ética elevada, con paradigmas de avanzada, poco comprendidos hoy. Tenemos por delante el enorme desafío de comprometernos con nuestro propio cambio de conciencia y contribuir con abundantes umbrales de retorno hacia la crianza humanizada.  Es nuestra deuda pendiente con los niños.  

Síguenos en @conocemimundo

miércoles, 12 de septiembre de 2012

-->


 “Para hacer grandes cosas, es preciso ser tan superior a sus semejantes como lo es el hombre a la mujer, el padre a los hijos, el señor a los esclavos”. Aristóteles siglo V a.C.  Con esta frase citada por Casilada Rodrigáñez, en su artículo “Poner límites o informar de los límites”, la escritora madrileña aporta clara referencia del orden en el cual hemos basado más de cinco mil años de civilización patriarcal, establecido sobre el principio de la jerarquía. Un orden opuesto a la estructura anterior de sociedades neolíticas matrifocales, que se asentaron sobre la horizontalidad y la cooperación.

Acierta Rodrigáñez, al destacar que nuestro modelo actual de hombre o mujer, incluye la superioridad adulta como uno de los pilares del patriarcado, aún predominante en el planeta. Con este paradigma calado hasta los tuétanos, la mayoría de los adultos valoramos al niño como un inferior y un subordinado. Es así que la práctica de ordenar, imponer y doblegar al niño la llevamos muy interiorizada y, por tanto, se hace tan difícil sustraernos de ella.   

Han transcurrido, sin embargo, alrededor de un par de décadas en las cuales una corriente de pensamiento florece a la luz de un nuevo despertar de conciencia,  y comienza a sumar voces que valoran al niño como a un igual.  Una corriente sustentada en modos de relación más horizontales entre adultos y niños, que abraza conductas orientadas por principios de equidad, respeto, altruismo, dignidad, empatía y no violencia.

Hablamos de una filosofía que nos encamina a ofrecer explicaciones y alternativas, en lugar de dar sistemáticamente órdenes e imponernos a partir de la descalificación de las capacidades y habilidades del niño. Una nueva estructura que llama a sustituir la autoridad, por comunicación, acuerdos y compromiso emocional.  Que nos lleva a creer en que sí es posible ser democráticos y flexibles en el hogar, en que sí es posible enseñar a los hijos a comprender sus deberes sin violar sus derechos, en que sí es posible ejercer el rol de padres tratando al niño como a un igual. Un nuevo orden donde los niños opinan y acuerdan con el resto de la familia, sobre los asuntos cotidianos. Donde se les informa respetuosamente cómo funciona este mundo que están conociendo.  Una forma de vida que valida el ejercicio de la autocrítica, de pedir disculpas a los hijos cuando nos equivocamos.  Que nos da el permiso de hacer las cosas de un modo distinto. Otra manera de vivir la paternidad y la maternidad que convoca a ponernos en los zapatitos de los niños para comprender cuáles son sus necesidades reales y satisfacerlas sin reparos. A tener expectativas reales sobre lo que se puede o no esperar de los pequeños según su momento evolutivo.  A respetar sus propios ritmos madurativos en lugar de forzarlos a responder según los ritmos externos. Un camino amoroso que nos inclina a buscar tras la superficie las razones del “mal comportamiento” de los niños, en lugar de interrumpir o modificar la conducta con métodos punitivos. Que nos llama a palabrear constantemente a nuestros pequeños, a contarles lo que nos pasa, lo que esperamos de ellos, lo que necesitamos. A escucharlos y atenderlos sin banalizar sus sentires, deseos y expresiones, asumiendo que son siempre importantes. 

Desmontar el constructo adultocéntrico con raíces milenarias,  supone una visión ética elevada, con paradigmas de avanzada, poco comprendidos hoy. Tenemos por delante el enorme desafío de comprometernos con nuestro propio cambio de conciencia y contribuir con abundantes umbrales de retorno hacia la crianza humanizada.  Es nuestra deuda pendiente con los niños.  

Síguenos en @conocemimundo

domingo, 9 de septiembre de 2012

El mito de los niños independientes



“Mi hijo es muy independiente”,  es una frase que los padres de niños pequeños acostumbran a decir con orgullo, pero que deberíamos revisar con mucho cuidado, porque puede entrañar un mito muy común sostenido sobre la falta de compresión acerca de la naturaleza y necesidades reales del niño.
Los niños pequeños son dependientes por definición, porque son criaturas con escasa o muy poca autonomía, que necesitan muchos cuidados, apego, afecto y atención de sus cuidadores o adultos significativos para sobrevivir y desarrollarse.  De manera que  pretender que un niño pequeño sea autosuficiente,  es un contrasentido.
Forzar a los pequeños a pasar hacia etapas para las cuales aún no han madurado, constituye una forma de violencia bastante común y  normalizada socialmente. Se cree, por ejemplo,  que hacemos a un niño "independiente" dejándolo llorar en la cuna para que aprenda  a dormir solo. Otro error es creer que promovemos autosuficiencia en los niños, imponiendo la retirada del pañal sin ni siquiera tomarnos la molestia de observar que ya esté listo para dejarlo.  También se piensa equivocadamente, que no cargar a un niño para que se acostumbre a estar solo, es una forma de hacer que adquiera autonomía… y así, de muchas maneras, creyendo que formamos a seres humanos independientes,  terminamos por crear a seres inseguros y carenciados.   
Si revisamos lo que subyace tras este afán de independencia por parte de los padres,  probablemente nos encontremos con la discapacidad o indisposición emocional para la entrega altruista, empática y desinteresada que exige el cuidado y la atención de niños pequeños, cuyas necesidades nos resultan demasiado demandantes o perturbadoras y que por tanto nos lleva a forzar las vías para que los niños las resuelvan por sí mismos cuando aún no están preparados. Pero con el afán de acelerar los procesos y ritmos naturales de maduración de nuestros pequeños, conseguimos justamente todo lo contrario. Sacar a un niño pequeño de la dependencia de sus padres equivale a arrancar una fruta del árbol cuando todavía está verde. Nunca madurará bien. La autonomía del ser humano supone un proceso paulatino y prolongado que se va adquiriendo a lo largo de la vida y que se consolida en la adultez. Es decir que para que un adulto sea independiente, primero ha debido ser un niño pequeño muy dependiente del cuidado, el amor, la atención  y los mimos de sus padres o cuidadores.
Ciertamente según el niño va creciendo y comienza a desarrollar sus capacidades (caminar, trepar, hablar, amarrarse los zapatos, comer por sí mismo)… es respetuoso y es deseable que cuente con el acompañamiento y apoyo de sus padres para disfrutar de la libertad de elegir, de explorar, ensayar y errar en un entorno seguro. Aclaremos que una cosa es animarlo y apoyarlo a hacer aquellas cosas que ya puede emprender por sí mismo y otra muy diferente es presionarlo a que logre una conducta o una capacidad para la que aún no se siente  listo  o para la cual no ha madurado.
Por eso me hace un poco de ruido cuando escucho a los padres decir con orgullo que sus hijos pequeños son independientes y en cambio me tranquiliza cuando sienten satisfacción al reconocer que sus pequeños  reciben todo lo que necesitan física y emocionalmente, para crecer sanos y seguros.


Enlaces relacionados

El rapto de la lactancia materna

Dulces sueños
La retirada del pañal ¿se enseña o sucede por sí sola?
@conocemimundo

El mito de los niños independientes



“Mi hijo es muy independiente”,  es una frase que los padres de niños pequeños acostumbran a decir con orgullo, pero que deberíamos revisar con mucho cuidado, porque puede entrañar un mito muy común sostenido sobre la falta de compresión acerca de la naturaleza y necesidades reales del niño.
Los niños pequeños son dependientes por definición, porque son criaturas con escasa o muy poca autonomía, que necesitan muchos cuidados, apego, afecto y atención de sus cuidadores o adultos significativos para sobrevivir y desarrollarse.  De manera que  pretender que un niño pequeño sea autosuficiente,  es un contrasentido.
Forzar a los pequeños a pasar hacia etapas para las cuales aún no han madurado, constituye una forma de violencia bastante común y  normalizada socialmente. Se cree, por ejemplo,  que hacemos a un niño "independiente" dejándolo llorar en la cuna para que aprenda  a dormir solo. Otro error es creer que promovemos autosuficiencia en los niños, imponiendo la retirada del pañal sin ni siquiera tomarnos la molestia de observar que ya esté listo para dejarlo.  También se piensa equivocadamente, que no cargar a un niño para que se acostumbre a estar solo, es una forma de hacer que adquiera autonomía… y así, de muchas maneras, creyendo que formamos a seres humanos independientes,  terminamos por crear a seres inseguros y carenciados.   
Si revisamos lo que subyace tras este afán de independencia por parte de los padres,  probablemente nos encontremos con la discapacidad o indisposición emocional para la entrega altruista, empática y desinteresada que exige el cuidado y la atención de niños pequeños, cuyas necesidades nos resultan demasiado demandantes o perturbadoras y que por tanto nos lleva a forzar las vías para que los niños las resuelvan por sí mismos cuando aún no están preparados. Pero con el afán de acelerar los procesos y ritmos naturales de maduración de nuestros pequeños, conseguimos justamente todo lo contrario. Sacar a un niño pequeño de la dependencia de sus padres equivale a arrancar una fruta del árbol cuando todavía está verde. Nunca madurará bien. La autonomía del ser humano supone un proceso paulatino y prolongado que se va adquiriendo a lo largo de la vida y que se consolida en la adultez. Es decir que para que un adulto sea independiente, primero ha debido ser un niño pequeño muy dependiente del cuidado, el amor, la atención  y los mimos de sus padres o cuidadores.
Ciertamente según el niño va creciendo y comienza a desarrollar sus capacidades (caminar, trepar, hablar, amarrarse los zapatos, comer por sí mismo)… es respetuoso y es deseable que cuente con el acompañamiento y apoyo de sus padres para disfrutar de la libertad de elegir, de explorar, ensayar y errar en un entorno seguro. Aclaremos que una cosa es animarlo y apoyarlo a hacer aquellas cosas que ya puede emprender por sí mismo y otra muy diferente es presionarlo a que logre una conducta o una capacidad para la que aún no se siente  listo  o para la cual no ha madurado.
Por eso me hace un poco de ruido cuando escucho a los padres decir con orgullo que sus hijos pequeños son independientes y en cambio me tranquiliza cuando sienten satisfacción al reconocer que sus pequeños  reciben todo lo que necesitan física y emocionalmente, para crecer sanos y seguros.


Enlaces relacionados

El rapto de la lactancia materna

Dulces sueños
La retirada del pañal ¿se enseña o sucede por sí sola?
@conocemimundo

viernes, 7 de septiembre de 2012

Soy lactivista


¿Sabían que según declaraciones de UNICEF  un millón de muertes de niños menores de 5 años en el mundo son evitables con lactancia materna? 

¿Sabían que según cifras de UNICEF, un niño que no es amamantado, tiene 14 veces más probabilidades de morir durante los 6 primeros meses?  

¿Sabían que OMS advierte que sólo un tercio de los bebés en todo el mundo reciben lactancia durante los primeros 6 meses? 

¿Sabían que según UNICEF el principal obstáculo para la difusión de la #lactancia materna es la comercialización de sucedáneos de la leche? 

 ¿Sabían que altos representantes de UNICEF han declarado públicamente que si se protegiera a las mujeres de la comercialización agresiva de los sustitutos de la leche materna, más niños sobrevivirían?... 

Por eso y más, soy lactivista, y no quiero ni autorizo que vinculen mi nombre ni mi trabajo o publicaciones, con teteros o biberones ni sucedáneos de la leche materna.


Enlaces relacionados
El rapto de la lactancia materna
¿Autorregulación o entrenamiento?
Dulces sueños
La retirada del pañal ¿se enseña o sucede por si sola?
El mito de los niños independientes
@conocemimundo

jueves, 6 de septiembre de 2012

Una nueva cepa de padres: el papá moderno

 
-->
Los tiempos cambian y el rol de papá en la crianza, también.  En la última década los hombres se han ido zafando del papel de padre meramente proveedor o reproductor,  para conquistar un vínculo más fértil, nutritivo y enriquecedor, basado en mayor compromiso emocional y disfrute de sus hijos y sus hijas. Vemos como crece el número de progenitores varones más participativos e implicados en la crianza. Muchos hombres comienzan a involucrarse emocionalmente con los hijos desde el momento mismo de la concepción y embarazo, acompañando y apoyando de cerca y constantemente a la madre gestante. Los días en que los papás ni pensaban en ocuparse de alimentar, higienizar o llevar al pediatra a sus hijos, van quedando atrás.

Según estudios realizados por la  Oficina de Censos del Gobierno de Estados Unidos, los papás que se quedan en casa, (stay-at-home dads) se han duplicado en la última década. En muchos países, aumenta el número de papás que optan por empleos de tiempo flexible para trabajar desde el hogar  o , que previo acuerdo y evaluación con sus parejas, deciden hacer pausa en sus carreras para ocuparse de la crianza de los hijos.  En Europa y algunos países de Latinoamérica se han hecho estudios que miden el cambio del modo en que los nuevos papás se están vinculando con sus hijos. La tendencia es que los  hombres están disfrutando con la experiencia de ser padres, se muestran muy cariñosos y están implicados al cien por ciento en la educación de sus hijos. Incluso se registra un porcentaje importante de papás que está de acuerdo en sacrificar su sueldo o su desarrollo profesional para dedicar más tiempo a sus familias.  

 
El cambio generacional es inminente. Muchos hombres perciben que tienen una relación bastante más cercana con sus hijos respecto a la que tuvieron con sus progenitores. Así mismo, sienten necesidad de que se aumenten los permisos laborales para estar más tiempo con sus hijos tras el parto o nacimiento, y están muy interesados en que se establezcan políticas reales de conciliación laboral familiar que les permitan pasar más tiempo con su familia.
Hombres y mujeres se hacen conscientes de que las labores o roles de padre y madre, no siempre ni necesariamente dependen del género. La mujer ha conquistado  espacios públicos (estudio, trabajo, profesión, política, deporte…) con lo cual se abren espacios  dentro del hogar para que el hombre también participe de las funciones, que sólo se atribuían al sexo femenino, como es el caso de las tareas domésticas y la crianza de los hijos.
Poco a poco vamos avanzando hacia una nueva paternidad.   Y pese a que aún la mayor carga de trabajo doméstico y la crianza sigue bajo la responsabilidad de las mujeres, ciertamente avanzamos hacia la materialización de la corresponsabilidad y la equidad, no sólo en beneficio de la mujer, sino también del hombre al que se le abren las posibilidades de enriquecer su experiencia humana a través del encuentro y el disfrute más cercano e íntimo con los hijos y la familia.
Es inminente el surgimiento de un modelo que rompe con el arquetipo de padre tradicional para dar paso a una nueva cepa de padres: el papá moderno más comprometido y activo con la crianza y que además disfruta del vínculo con sus hijos e hijas. Demos la bienvenida a la nueva paternidad. ¡Que se riegue como flores por el mundo!...

Enlaces relacionados

Papá no es prescindible
Familia matricentrada Venezolana (Entrevista al Dr Alejandro moreno Olmendo)
El lugar de papá en la crianza

lunes, 3 de septiembre de 2012

¡No es maña!

-->
Hoy descubrí este estupendo video realizado por Fonoinfancia, Chile,  un servicio gratuito y confidencial, atendido por un equipo de psicólogos y psicólogas cuya finalidad es ofrecer alternativas de orientación para padres y adultos responsables del cuidado de niños y niñas,  y que  forma parte de la red internacional de líneas telefónicas de ayuda para la infancia.

En esta genial animación se ilustran aspectos sobre principios de crianza respetuosa  divulgados constantemente en Conoce Mi Mundo,  tales como la máxima de que un niño nunca pide lo que no necesita, que tras el "mal comportamiento" de los niños siempre hay una causa sobre la cual  los adultos debemos indagar, como por ejemplo, una necesidad legítima no comprendida ni atendida oportunamente  que luego  sale por la puerta trasera.  A través de una historia sencilla y cotidiana, este corto animado nos enseña que, a menudo, los niños se "portan mal" porque los adultos no sabemos comunicarles lo que esperamos de ellos. Nos revela que aquello que provoca dolor emocional, miedo, ira... en el niño o niña, necesita ser expresado, escuchado, atendido con paciencia, respeto  y contención, para que pueda ser elaborado apropiadamente por nuestros peques.  Ilustra con ejemplos sencillos y cotidianos la importancia de respetar los ritmos y tiempos naturales de nuestros chiquitines y el modo en que el ejemplo de los padres o adultos constituye la vía más eficiente y sostenible de transmitir valores. 

En definitiva, con una historia breve, nos demuestran que la crianza libre de violencia se sostiene sobre las bases del compromiso emocional, la paciencia, el altruismo y la empatía hacia nuestros niños y niñas. Además, ofrecen herramientas y  alternativas de aproximación y solución respetuosa y consciente  a los problemas, desde la comprensión de las necesidades reales de nuestros niños y niñas. Y todo resumido en cinco minutos  de un modo sencillo y muy didáctico.  

Sueño con el día en que todos los medios de difusión masiva estén llenos de mensajes como estos.
 
Que nadie se quede sin ver este video, por favor. 



Síguenos en @conocemimundo

Qué difícil es criar sin la tribu

 
-->
Estamos criando muy aislados. Papá y mamá dentro de las cuatro paredes de un hogar (en el mejor de los casos) cuando no es una madre sola a cargo de sus hijos. Hemos perdido de vista que para criar a un niño hace falta la tribu entera, como reza el dicho africano… Más o menos con estas palabras respondo a muchos padres y madres que piden orientación cuando se sienten colapsados. Progenitores que desean volcarse a la práctica de crianza respetuosa pero terminan desbordados por el bebé de cinco meses que pide constantemente brazos, al tiempo de que el chiquitín de dos años o el adolescente de catorce, reclaman de forma abundante y en intensidades distintas, presencia y atención.   Tomemos en cuenta que desde que nacen y durante el tránsito de la niñez y la adolescencia, los hijos recorren distintas etapas evolutivas con un raudal de necesidades (alimento, abrigo, techo, protección, conexión, cuerpo, brazos, mirada, escucha, contención, disponibilidad, comunicación, orientación, acompañamiento…) que resulta imposible prodigar a cabalidad cuando se encuentra a cargo sólo una madre -incluso junto al padre- sin la ayuda del resto de la familia o la comunidad.
Olvidamos que somos una especie diseñada para vivir en manada, en tribu, en sociedad. Si bien los humanos paulatinamente adquirimos capacidades para realizar algunas cosas por sí solos, no nacimos para estar solos. Sin la organización y apoyo del grupo no sobreviviríamos como especie. Somos interdependientes por definición. Necesitamos de la ayuda y la cooperación de los demás, del mismo modo en que los otros necesitan de nuestro apoyo y cooperación para subsistir.  El desempeño durante la crianza y cuidado de los niños no escapa a la esencia que nos define como animales sociales.  Por eso es prioritario que nos organicemos, que reintentemos y reinventemos la tribu  antiguamente conformada por la familia extendida (abuelos,  tíos,  vecinos, amigos) y que hemos perdido con el advenimiento de las sociedades urbanas actuales.  La necesidad de crear redes de apoyo entre y para padres y madres, con el propósito de acompañarnos y asistirnos mutuamente, es inminente. Una madre no debe quedarse sola. La crianza de los hijos entraña un reto que sin el apoyo necesario puede generar agotamiento, pérdida de la paciencia y otros detonantes de abuso, desamparo y distintas formas de violencia en el trato hacia los niños. Trascender el aislamiento en el que nos encontramos sumidas las familias de las sociedades modernas, es un desafío que debemos encarar para lograr la humanización de la crianza.
Aclaremos que retornar hacia la ”tribu” para distribuir la inmensa responsabilidad de la crianza,  supone  una mirada altruista, desinteresada y respetuosa por parte de los cooperantes en el cuidado de la manada de niños y adolescentes. Esto equivale a respetarnos y reconocer los límites frente al rol, responsabilidades, atribuciones y decisiones que sobre la educación de los hijos corresponde a cada uno de los progenitores. Recordemos que el propósito es distribuirnos las cargas. Ya bastante tenemos los padres con el afán de hacerlo bien, para que además tengamos que lidiar con la mirada crítica de los demás. El sentido de la tribu es nutrirse y apoyarse, no depredarse con señalamientos, presiones e imposiciones. De lo que se trata es de cerrar filas para proteger la calidad de la crianza. 

Berna Iskandar @conocemimundo

Taller Crianza Respetuosa Septiembre 2012

 

TALLER  CRIANZA RESPETUOSA

FECHA: SÁBADO 29 DE SEPTIEMBRE DEL 2012
HORARIO: 8:30 AM-1:30PM 
DIRIGIDO A PADRES, MADRES, FAMILIARES, CUIDADORES , DOCENTES Y PROFESIONALES QUE BUSCAN NUEVOS REFERENTES PARA UNA APROXIMACIÓN MÁS CONSCIENTE EN EL TRATO HACIA LOS NIÑOS, NIÑAS Y ADOLESCENTES.


Dictado por Berna Iskandar comunicadora social, madre, divulgadora de temas de crianza, paternidad, maternidad y derechos de infancia y adolescencia. Conductora y productora del programa Conoce Mi Mundo  en la Emisora Cultural de Caracas 977FM, único en los medios venezolanos enteramente dedicado a promover crianza en cultura de paz, dede hace más de seis años.

La calidad de la crianza, no es un tema menor, ni un problema más que atender, es el epicentro de los problemas humanos y sociales y debe importar a todos, hombres y mujeres, seamos o no padres o madres. De cómo criamos hoy a nuestros niños y adolescentes, dependerá que construyamos un mundo más violento, con más cárceles y hositales o un mundo más humanizado.
Individuos, sociedad, empresas, instituciones, gobiernos, todos, debemos cerrar filas para proteger y promover una crianza y educación basada en el buen trato, el amor, la empatía, el compromiso emocional, el respeto y la dignidad.
Padres y madres hacemos lo mejor que podemos con lo que sabemos, pero a veces necesitamos nuevos referentes de ayuda para comprender y conocer mejor el mundo de los niños y adolescentes, entender el porqué de su comportamiento, qué esperan o cuáles son sus necesidades legítimas, para basarnos sobre expectativas realistas que permitan facilitar el buen trato, el vínculo y la asistencia durante el proceso de formación y crianza.
Algunos temas a desarrollar serán: Estilos de crianza; Las etapas en el proceso evolutivo y sus distintas necesidades; Principios y herramientas para el buen trato hacia los niños y adolescentes; Límites y disciplina humanizada; Formas de violencia visibles e invisibles (reconocer, prevenir, sanar).
Inversión: Bs 150,oo por persona
 Para inscripciones escribir a nuestro correo
Email: conocemimundo@gmail.com
Cel: 0412 6315555 
Mamás en lactancia pueden asistir con sus bebés


NUESTRAS CUENTAS EN REDES SOCIALES
Para ver el mapa del sitio, pincha este enlace.


Este Taller es posible gracias al apoyo de Asociación Civil Ananda, Red de Intercambio Solidario